11

Noche. Noche encantada. Noche dolorosa. Noche insensata, mágica y loca. Y, luego, más noche. Noche que parece no acabar nunca. Noche que, sin embargo, a veces pasa demasiado rápido.
- Perdona si te llamo amor -


Talvez encuentre el número 11 su redención, si paso contigo el undécimo día de cada mes. Y la cosa va de números primos...


19 días, más o menos, para poder abrazarte de nuevo, y perderme en un beso.

Soledad

Talvez porque su madre tuvo alguna revelación que nunca le contó, la habían llamado así.

Desde muy pequeña, Sole supo que aquél, con la gente a su alrededor, no era su lugar. Si bien no era una persona poco sociable, pues nunca le faltaron amigos, ni las gracias de algún que otro pretendiente; ella siempre supo que su lugar, como el propio posesivo indica, sería suyo. Sólo suyo.

Ya siendo una niña, cuando jugaba con sus compañeros, o salía a la calle con sus vecinos, la pequeña se sentía, muchas veces, fuera de contexto. No entendía qué gracia tenían sus bromas, ni qué interés podían presentar las insulsas conversaciones a las que consagraban su tiempo libre vespertino.

En el colegio siempre formulaba preguntas que hacían que sus extrañados profesores no pudieran disimular un guiño de curiosidad y, valga la redundancia de algo, extrañeza. Su afán por aprender y su avidez de conocimiento hacían de su madre la envidia de la vecindad, y los "qué chiquilla más lista tienes, ¡qué gusto!" eran escuchados habitualmente cuando paraban porque su madre hablaba con algún conocido.

Conforme la niña fue creciendo, y se convirtió en una joven promesa, con 15 años y todo un futuro que decidir y desarrollar por delante, cada vez se sentía más lejos de su entorno. Con una frecuencia que aumentaba con rapidez, se abstraía del mundo que la rodeaba y se dedicaba, mientras observaba el cielo sentada en el alféizar de la ventana, a dejar que su mente vagase. A, simplemente, pensar por pensar.

Tocaba el violín desde pequeña. Con cada tremolo que ejecutaba, haciendo vibrar su dedo sobre la cuerda pisada, sentía su propio cuerpo estremecerse con la melodía. Los movimientos que realizaba con su brazo izquierdo para mover el arco se transmitían con facilidad al resto de su cuerpo, haciendo que su frágil figura se contonease al ritmo de la música, como poseída por ella.

Sin embargo, de igual forma se introducía en los dibujos que hacía, fijándose y perfeccionando cada detalle; y con cada problema lógico que le planteaban, en los que se sumergía, hermética. Y con cada poema que escribía, su bolígrafo sangraba en el papel los sentimientos que corrían por sus venas.

Siempre le encantó observar todo a su alrededor. Todo. Las nubes, los ágiles gatos, los perros, los niños, los insectos, las máquinas, las personas mayores, los instrumentos musicales, los tejidos, el fuego, el agua, su propio cuerpo, y sus reacciones, los dibujos y pinturas, el papel de los libros, la tipografía de aquello que leyera, el aire, las fotos, las películas, la misma tierra que pisaba. Todo la fascinaba, a todo le encontraba el interés.

Poco a poco, tras graduarse en la universidad, dedicó su vida (no sin la ayuda de su padre, quien a pesar de las quejas, y a cambio de su ayuda en la contabilidad de su empresa, la mantenía) cada vez más a esos pequeños placeres que le ofrecía la vida: escribir, cantar, tocar su violín, resolver enigmas, y pasar su tiempo observándolo todo, asimilando información.

Con los años, su lozanía y su frescura juvenil fueron marchándose. Su piel era menos tersa, y su cabello más cano. Usaba gafas para ver de cerca hacía tiempo ya. Su cuerpo, antaño atlético, musculoso y prieto, mantenía ese aire de firmeza que caracterizaba el porte de su familia materna, con unos músculos aún bien definidos bajo su piel, ya blanda, y los depósitos de grasa que comenzaban a ser notables en su figura. Algunas arrugas ya marcaban con claridad el final de sus ojos, su cuello, su frente, la comisura de sus labios y sus mejillas. El sujetador que utilizaba ya empezaba a ser realmente para sujetar, y no para realzar su pecho. La ropa que utilizaba cada vez era menos ceñida y menos vistosa, y le importaba ya bastante más su comodidad que lo bonita que le quedase.

Pese a todos los hombres, y las mujeres, que pasaron por su vida, algunos de ellos realmente espectaculares, seguía sola. La calidez que necesitaba se la daba su manta granate, e Irene, su gigante de los Pirineos, la acompañaba todo el tiempo desde hacía más de 10 años. Si alguna vez se sentía sola, visitaba a sus padres o a sus hermanos, quienes siempre la recibían con una sonrisa enorme y cercana.

Cuando se acostaba cada noche a dormir se sentía realizada como persona, especialmente tras cumplir los 60 y haber dado la vuelta al mundo, cumpliendo con ello el sueño de su infancia; y se sentía también feliz, al menos, las más de las veces.

Sólo amó de verdad una vez en su vida, siendo muy joven aún. Fue una historia idílica, digna de los mayores versos de amor y las novelas más emotivas, pero en una de las vueltas de la vida, a ella se le olvidó aferrar lo que más quería, y lo perdió. Desde entonces, desde que ella le robara el corazón siendo aún casi una niña, no volvió a amar. "Talvez no sea ése, el destino de todo el mundo", se solía decir las noches en que las lágrimas acudían a sus ojos, llamadas por algún recuerdo insolente que salía a relucir en su memoria, mientras abrazaba a Irene y hundía sus manos en el pelaje de su fiel compañera.

Pocos años después, con la llegada de la jubilación, llegó la marcha de Irene. La lloró casi tanto, o podríamos obviar el casi, como las de sus propios padres. Con el tiempo, ya no cantaba, ni tocaba el violín, ni escribía, ni dibujaba... Se limitaba ya sólo a contemplar el mundo, y sus cambios.

Un día, reflexionando ya de forma vaga, pues últimamente le costaba dilucidar, fue aduciendo hechos y razones a su propia hipótesis hasta que concluyó la idea que siempre había estado pululando por su mente. Su lugar en el mundo era, precisamente, aquél en que ella se encontrase, pues no era otro que su propio mundo interior.

Dándose cuenta de esto, no mucho tiempo después de haber resuelto el enigma que ella misma se plantease en algún momento incierto de su más tierna infancia, sin apenas hacer ruido, y sola, como siempre, se marchó.

La primera vez.


Eta hori ikusi zintudan lehen aldian izan zen.


Y esa fue la primera vez que te vi.

http://www.youtube.com/watch?v=7bVHzA_QVSY&feature=related

Te echo muchísimo de menos... A veces, hasta duele.

Stay hungry. Stay foolish.

Bueno... Hoy quiero hacer una entrada un poquito diferente a lo que vengo actualizando últimamente. Se trata de un discurso de Steve Jobs (al que quizás conozcáis por ser cofundador de Apple y diseñador del primer Mac) a los alumnos de la Universidad de Stanford en la apertura del curso 2005. La verdad es que, bueno, es talvez un discurso como otro cualquiera de este tipo: busca motivar a los alumnos y hacerles visualizar de algún modo su meta, o el modo de poder visualizarla algún día. Pero... No sé, mi profesor de Química de la universidad lo ha colgado en nuestra página, supongo que con algún fin... Y, la verdad, yo que ya veía entre neblinas mi meta, cada vez la veo más clara. Cada vez soy más capaz de elegir qué quiero en mi vida, y a quién. Supongo que es eso que llaman madurar.

De todas formas, lo importante hoy es el vídeo. Es un poco largo (14 minutos y 33 segundos si no recuerdo mal) pero de verdad merece la pena verlo. Y si no es un buen día, con más motivo, vedlo.

Gracias a Juanjo por el aporte al AulaVirtual.

Os dejo con Mr. Jobs.

Tu mano... Tus manos.

Será que son las 5.02 de la madrugada, y por la hora que el reloj marca supongo que ya empiezo a pensar sin pensar mucho. O será que acabo de ver tu foto. O talvez que antes leí de nuevo el sobre del hotel y no puedo evitar pensarte. O que acabo de ver Habitación en Roma y las películas con carga sentimental me hacen pensar...

Sea lo que sea, pienso en tu mano... O en tus manos, como prefieras.

Recuerdo el momento en que te vi: con las manos en los bolsillos, caminando deprisa, con el cuello de la chaqueta levantado doblándose al ritmo de sus pasos... Y entraste en el bar, y sonreíste, y ya supe que lo tenía todo perdido...

En esos instantes en que no sabíamos como reaccionar, nerviosas, algo rígidas, bastante temblando (en parte por los nervios, y yo, que no soy vasca, y que, por lo tanto, no soy inmune a él, por el frío) y te di el abrazo del que hablábamos la noche anterior (que, por cierto, ¡vaya nochecita!).

Nos sentamos en una mesa. Lo hicimos al contrario de como lo haríamos casi siempre después... Me senté a tu derecha. Ahí fue cuando me cogiste la mano por primera vez. Era una mano grande, fuerte, segura (al menos en apariencia, aunque toda tú parecieses un flan), cálida. Tu piel no es la más fina del mundo, ni la más suave... Eso me gusta. Eso, de hecho, me encanta de ti. No sólo tu piel, sino toda tú, no eres algo suave, algo fácil... No eres lo que se supone que "debería" gustarme. Eres dura, a veces ácida incluso... Y, sin embargo, has sido, y eres, la persona más dulce del mundo conmigo, y me encantas... Ácida y dulce, me encantas.

Y pienso en tu mano, y en las veces que la he sujetado, y las veces que ha sujetado la mía. Y en las veces que ha recorrido mi espalda, queriendo que no acabase la hora de seguir paseando por ella, mientras perdía mi mirada en la tuya y asimilaba que realmente me sentía tuya en ese momento... No como una propiedad, no hablo de eso, sino de unión.

Recuerdo tu mano en mi oreja, en mi cuello, en mi pelo, en mi nariz, en mi boca... Recuerdo tus dedos paseando por mi pecho, mis brazos, mis piernas..., mi vientre.

Siento cómo me cogías la cabeza al besarnos, y tu pulgar acariciando mi mejilla. Puedo sentir incluso mi mano aferrando la tuya en cierto momento de la noche del martes pasado; en el momento en que sentí que te amaba sin reservas, sin peros, sin dudas, sin fantasías y sin cuentos, sin pasado, sin futuro, y sin necesidad de ellos; en el momento en que supe que esto era cierto.

Tu mano agarrando la mía nerviosa en el "topo"... Tu mano acariciando por última vez mi nuca delante del bus. Tu mano soltándose demasiado rápido de la mía una fresca (que no fría, porque ahí nunca hace frío, "sólo fresco") mañana de miércoles.

Ya lo sabes... Porque lo sabes. Y, sin embargo, te lo diré. Porque me gusta decírtelo... Y lo sabes.

Nahi zaitut. Maite zaitut.

Asken finean gizaki emakumeak (hutsak) gara... Eta zaude zihur ezin izango zaitudala ahaztu inoiz. Aitortzen dut izan zarela ene bizitzaren onena...

Girl - The Beatles


¿Hay alguien que quiera escuchar mi historia sobre la chica que llegó para quedarse?
Es el tipo de chica que llegas a querer tanto que llegas a sentirlo;
pero, aún así, no te arrepientes ni un solo día.

Chica... Chica... Chica...

Cuando pienso en todas las veces en que intenté dejarla,
ella se vuelve hacia mí y comienza a llorar.
Y me promete la Tierra y yo la creo, después de todas estas veces,
no sé por qué.

Chica... Chica... Chica...

Ella es el tipo de chicas que te derriba cuando estás con amigos,
y hace que te sientas como un tonto.
Y que cuando le dices que está guapa, actúa como diciendo que sabe que es así.
Ella es cool.

Chica... Chica... Chica...

¿Debieron decirle de pequeña que el dolor la llevaría al placer?
¿Entendió ella cuando le dijeron que un hombre debía partirse el lomo
para ganarse su día de descanso?
¿Lo seguirá creyendo cuando él ya esté muerto?

Ah... Chica... Chica... Chica...

No puedo...

Muchas veces acostumbramos a decir que no podemos hacer alguna cosa cuando surge un imprevisto o no tenemos la capacidad de llevarla a cabo.

Yo hoy me veo incapaz de dejarte ir sin tan siquiera luchar con esa parte de tu cerebro que te salvaguarda..

Paseo.

Eso es todo lo que quiero: un paseo por la playa al abrigo de la argentina luz de Luna... O sin ella... O sin playa... O sin paseo... O sin mundo. Pero contigo.

Paisajes urbanos. Mi piso.

Talvez para aquellos que han vivido siempre en un piso, mudarse a un piso de estudiantes tampoco supone un cambio mayor que la aceptación de unas pocas nuevas responsabilidades. Sin embargo, para aquellos otros que vivimos normalmente en una vivienda unifamiliar, esto es casi una revolución.

No es sólo ya el hecho de vivir "sola", ni el de vivir casi en una gran ciudad, ni el de ver el campus de la universidad todos los días al salir de casa, ni el de sentirme rara cuando vuelvo a casa.

No, es, además, acostumbrarse a una nueva vida, por así decirlo. Una vida en que se introducen los ruidos de los pisos colindantes, con ellos, los gritos del vecino de arriba, los llantos de la jauría de niños (sí, son una jauría) que viven en mi bloque de pisos y el de al lado del mío, las canciones infantiles que se repiten en un bucle cada tarde en la ludoteca del bajo de nuestro edificio. Recuerdo mi primer día en el piso como si fuera hoy, hecho tampoco tan relevante porque fue hace un mes (sería más relevante si ya no lo recordara, a mi juicio)...

Estaba sola, porque mis compañeras habían acabado su "septiembre", y estaban en sus respectivos pueblos acompañando a sus respectivas familias. Yo acababa de llevar todas mis cosas al piso y de despedirme de mi hermana, mi madre y su novio. Habíamos montado una mesa nueva para que pudiese estudiar a gusto, un perchero para colgar mis camisas y chaquetas, habíamos colocado sábanas y toallas limpias, y mi ropa estaba perfectamente colocada en el armario, juntos a las cajas de zapatos y las cosas de aseo que guardo ahí.

Pese a estar sola sentía casi vergüenza al moverme por el piso... No era mi casa. Me hice la comida en silencio, puse bajita la música al ducharme... Hasta me puse los cascos al ver una película en el ordenador.

Eso fue el primer día... Una vez me acosté, me levanté 4 veces creyendo que alguien pasaba por mi pasillo, que realmente era el de mi vecino, pero que yo, con la puerta cerrada, no distinguía el mío propio.

Al día siguiente ya cambió la cosa... La independencia me gustaba. Me gusta. Nadie controlando mis hábitos, nadie ordenándome cosas... Ninguna necesidad de guardar las cosas en un sitio concreto para que alguien no las vea. Me gusta. Y no se ha cumplido el vaticinio de mi madre, mi hermana y mi abuela de que "me iba a comer la mierda". Sigo haciéndome la cama cada 2 o 3 días cuando ya no puedo dormir a gusto, sí. Y no friego todos los días (en parte porque también friegan Sara y Laura, y no todos los días es necesario que yo lo haga), ni barro, ni pongo lavadoras, ni friego el suelo, ni limpio el baño ni la cocina a diario, tampoco. Y, sin embargo, el piso está limpio, y mi habitación guarda ese caótico orden que refleja mi mente en cierto modo.

Consigo dormir, al menos la mayoría de las noches. Como bien, y aún no tiro de tuppers (sí, los tengo en el congelador, pero no me los he comido aún). Y sólo he traído ropa a lavar una vez, y ha sido porque no me daba tiempo a lavarla en Burjassot antes de volver a casa y que se secara.

Y sí, puede que sólo haga un mes que no "vivo" aquí, en mi casa, pero conforme va pasando el tiempo, cada vez se me hace más rara la entrada al pueblo en coche, y el abrir de una patada la verja del jardín, y el subir los escalones de dos en dos sin necesidad de luz, y el ruido de mi ordenador... Y el poder tocar el piano cuando me apetezca.

Me gusta mi piso. Me gusta sentirme un poco menos dependiente cada día... Será verdad eso de que empiezo a entrar en lo que llaman vida de adulto joven, quizás.

Sí... Es eso.

¿Sabéis esa sensación de sentirte invencible como una imbécil, sin saber muy bien por qué?

¿Ese creer que en este mundo de grises caras largas que reflejan mundos interiores marchitos y subdesarrollados alguien va a entender y preocuparse por el porqué de tu sonrisa?

¿Conocéis esas ganas terribles, que hasta duelen, de coger la mano de alguien, girarla, y darle un beso sin preocuparse de quién mire, o a quién duela, o a quién ofenda?

Pues sí... Es eso.

Como también es cerrar los ojos y no poder evitar verla, ni querer hacerlo.

Como lo es sentir su abrazo sin brazos en la distancia.

Como lo es escuchar un "te quiero" cada vez que el cierzo sopla un poquito a mi vera.

Como lo es escribir bobadas pensando que a alguien le puedan gustar.

Como lo es saber que dolerá, y que no me importe...

Sí... Es eso.

Sí.

Eres tú.

Paisajes urbanos: el tranvía.

Pretendo empezar una serie de entradas (que acabarán siendo 2 o 3 sólo, como siempre, por mi falta de constancia) con aquellas instantáneas que las grandes ciudades ofrecen y que a la "gente de pueblo", como aquél que dice, nos sorprenden.

Esta mañana me levanté tempranito, aún no eran las 7 de la mañana... Como ayer dormí 15 horas, no podía aguantar más en la cama... Jajajajaja.

Pues eso, que me levanté temprano. Se me ha ocurrido asomarme a la ventana, a ver quién había, si es que había alguien, por la calle. Sí, había gente, y no poca, teniendo en cuenta que, como digo, no llegaban a ser las 7 aún. Y me he fijado en la parada del tranvía que hay en frente de mi piso. Había 5 personas allí. Un operario de la EMT haciendo algo en la máquina de sacar billetes, digo algo porque no sé qué hacía... 2 hombres de mediana edad, con ropa manchada de algo que desde mi ventana parecía grasa de alguna máquina; una mujer mayor, que rondaría los 75 años, y el que supongo es su nieto, que sentado sobre las rodillas de la que supongo su abuela luchaba consigo mismo para no dejar caer la cabeza ni los párpados. Aún es muy pronto.

Salgo de mi mundo, voy a la cocina; me hago una tostada, me pongo un vaso de zumo, y vuelvo al salón. Sentada en el sofá (bueno, en el respaldo, realmente) observo a la gente que va subiendo y bajando de los tranvías. Sobre las 7 y media me meto en la ducha. Al salir de casa, minutos más tarde, soy yo quien se encamina a la parada.

Esperando a que llegue el mío, veo como en los tranvías que circulan en dirección opuesta ya comienzan a aparecer mochilas y carteras colgadas de hombros con cara de sueño, entre otras tantas caras de sueño que no se dirigen a la universidad.

Una mujer se sienta a mi lado, mientras su hija le pide que por favor le ate más arriba la pulsera, que "cuando gira la mano le duelen sus huesitos". Sonrío. Los niños suelen hacerme sonreír, no sé muy bien por qué. Cuando convence a su madre para que le haga caso y la ayude, y ésta lo hace, la niña se sienta entre su madre y yo. Con unos ojos grandes como platos de color café, bajo un flequillo cortito que enmarca su cara bajo una divertida melena muy rizada; me mira. Al principio disimula, y yo hago como que no me doy cuenta. Sigo con los cascos escuchando a Jorge Drexler. La niña se levanta y se pone delante de mí. Me mira, con la curiosidad inquisidora y desvergonzada que sólo tienen los niños. Me dice que soy muy guapa, y que le hace gracia que me disfrace de chico para ir al cole. Le pregunto que por qué cree que me disfrazo. Dice que el pelo corto sólo lo llevan los chicos, y que la camiseta que llevaba era muy grande para mí. Sonrío de nuevo. Me dice que cómo se llama mi cole, y le respondo que Universidad. Me dice toda emocionada: ¡como el cole de los mayores! Su madre le explica que yo soy mayor, y le pide que deje de preguntarme.

Ella, obediente, se vuelve a sentar entre su madre y yo. Sigue disimulando que me mira con esos enormes ojos. Llega el tranvía. Ellas montan delante, yo detrás, que son metros ganados al bajar. Me siento al fondo. No me suelo sentar en el tranvía, pero tengo que leer un artículo de Biología y no es plan de estar tropezándome cada 10 segundos. Una señora se sienta a mi lado, pese a que el vagón está prácticamente vacío. Un minuto después me dice que qué letra más rara hacen las imprentas ahora, que no consigue entender nada de lo que hay escrito.

Me resulta extraño que la gente sea tan... Gente, aquí. Supongo que siempre he visto la ciudad como un símbolo de individualidad, de anonimato, de frialdad. De desconocimiento, en fin. Sin embargo, no me desagrada que la gente sea eso, gente.

Cuando llevo 2 paradas el vagón ya está medio lleno, y empiezo a ver los típicos estereotipos que nos sacan en la tele en las escenas de metro y bus: el señor mayor mano sobre mano en el puño del bastón que tiene entre sus piernas, el inmigrante de mirada perdida en el cristal, la mujer de cuarenta y tantos que mira a todos sitios sin ver ninguno ensimismada con sus asuntos; los 2 curritos que hablan de rutinas tan "normales" que aterran, el chico y la chica que se sonríen medioacalorados porque casi pierden el tranvía que los lleva a clase pero no ha sido así, la señora que con cara de hastío sólo espera que su parada sea la próxima, aunque sabe que le quedan varias aún, y yo... La típica o atípica persona que se fija en esta clase de detalles.

Palau de Congressos. Montan un hombre y su niño, Marco. El niño le pregunta a su padre si el tranvía se frena solo, a lo que su padre responde negando ligeramente con la cabeza. Le pregunta entonces si funciona solo, ante la misma contestación de su padre la cuestión es si hay un conductor, porque él no lo ve, como al del autobús, o como a su papá cuando conduce el coche. Su padre le dice que sí. Marco dice que le da pena no verlo, porque si no lo ve a lo mejor es que es bajito, y el resto se reirán de él porque es bajito. Dice también que pueden invitarlo a merendar a su casa, que su mamá hace meriendas para que él se haga mayor y alto, y fuerte, y enseña su bíceps apenas desarrollado con orgullo a su padre. Me mira, y sonríe. Sé que estoy sonriendo. El niño se ruboriza y abraza la pierna de su padre. Su padre me mira sin mirarme, sé que aún sonrío, él sonríe, y pulsa el botón de "Solicitar parada".

Bajan ellos 2 y montan 2 señoras mayores hablando de una tercera, a la vez que entra un hombre con muletas que mira concienzudamente adelante y atrás en el tranvía, y en la parada. No ha validado el billete, y si lo pillan le harán pagar la multa. También entran un chico de rasgos árabes y un negro, hablando árabe entre ellos, sonriendo mucho. Las señoras se miran entre sí, y levantando la comisura izquierda en gesto de desprecio ante tal acto demuestran su (in)tolerancia a lo extraño.

Próxima parada: Pont de Fusta. Toca bajar. Me levanto y ahora soy yo quien oprime el botón que antes decía. Cuando bajo me cruzo con un chico muy guapo que por mantener la mirada con una chica casi tropieza al entrar al tranvía. Al bajar se entrecruzan muchos caminos y pienso en lo curioso que sería que cada uno dejase una traza de un color tras de sí al caminar. Talvez con más colores en el suelo esto sería diferente, o al menos desaparecería este monocromatismo que me ahoga en Valencia.

Elijo una calle al azar de las perpendiculares a la parada. Sé que está en una, pero no sé en cuál. Instituto Nacional de la Seguridad Social. Es aquí... Mira qué bien. Tuve suerte. Entro, cojo un número, y me siento a esperar. Sigo leyendo el artículo. Es la copia de Maribel. ¡Coño! Maribel dijo que había 2 edificios de la Seguridad Social. A lo mejor me he equivocado... Que con mi gafe es probable. ¿Aquí se pide el NUSS?, pregunto a la señora de Información. No, guapa, en la finca redondina, en la paralela, me responde. Salgo a la calle convencida de que soy gafe, aunque sea una tontería. Entro de nuevo, y pregunto qué paralela, que con mi suerte podría llegar tarde a clase sin dificultad pasándome la mañana por las calles buscando Tesorería. La de abajo, me aclara la señora.

Llego a Tesorería, y tras media hora de espera de pie en que nadie se ha dignado a mover sus cosas de los asientos que no ocupaban me atiende un señor muy majo y muy eficiente. Yo creía que los funcionarios eran bordes e incompetentes... Talvez tenemos razón al decir que los estereotipos que inventamos no son reales. En 3 minutos tengo el NUSS y espero de nuevo al tranvía.

Un grupo de estudiantes de Erasmus (probablemente, tampoco es seguro) esperan en el andén de enfrente. Hablan francés. Ahora inglés. Ahora francés de nuevo. Intento comprender de qué hablan. Algo negro se interpone entre ellos y yo. Miro hacia arriba. Una chica me mira y me pregunta si tengo un euro para el tranvía, que se ha dejado el dinero en casa y si no no llega a clase. Le digo que tico yo 2 veces, una por mí y otra por ella. Me lo agradece y me ofrece tabaco a cambio. No fumo, pero gracias. Gracias a ti. Se sienta en el banco, apoyada en la máquina de tickets, mirándome. La miro y aparta la vista. Vuelve a mirarme cuando me centro en el artículo. La miro, y vuelve a apartar la vista. El tranvía llega y monta en el mismo vagón que yo.

Entra también otra chica. Se sienta a mi lado. Saca un libro del bolso y comienza a leer. Me acuerdo del artículo de nuevo, y vuelvo a concentrarme en él. De repente pasa de página y veo un dibujo a color. Por el rabillo del ojo veo a un Jesús agonizando en la cruz. Lee el evangelio. Yo leo un artículo que tira por Tierra el Creacionismo y el Diseño inteligente en que basan los cristianos su crítica a la Evolución. Pienso que sería gracioso debatir ese tema en el tranvía con una extraña.

El mismo hombre con muletas entra al tranvía, repitiendo su comportamiento de antes. Un chico entra tras él, escribiendo muy rápido en una libretita muy pequeña, ajeno al mundo. Miro por el cristal y veo pasar un montón de caras, de coches, de portales y tiendas, de perros, de árboles, de bicis... Palau de Congressos. Se me ha hecho corto el viaje.

Empalme. Un aluvión de gente monta al tranvía. La gran mayoría estudiantes. Me levanto y me agarro a un chico sin querer cuando el tranvía arranca. Veo las caras de fastidio de los que llegan unos segundos tarde, justo para ver como el tranvía se marcha del andén, quedándose atrás. Llamo a mi madre para decirle que ya tengo el NUSS y que me hace falta dinero para pagar el libro de Química. Ya puedo decir que tengo un libro de esos que se consideran una "institución". En 3 horas me lo darían. Son las 10.

Tengo una hora para ir a la CAM, volver a casa a por unos papeles, ir a repro y llegar a clase pronto para poder sentarme delante, aunque siempre me guarden un sitio. Me sobra media, seguro.

Mientras voy paseando por Burjassot pienso en hacer esta serie de entradas. Esta noche, si me apetece escribir, la comienzo, me digo. Ya estoy en la CAM. Llego a repro tras pasar por casa. Paro en la biblioteca a comprarme un snack y un zumo en las máquinas expendedoras. Son y 20 cuando abro confiada la puerta de clase para darme cuenta de que tienen problemas de Química los del P3. Me siento en el suelo. Aún me quedan 37 minutos.

...

Sentir como un puño dentro de ti te agarra y oprime en conjunto tu garganta, tu estómago y tu corazón, y aferrarte a él, por si acaso se lo lleva todo...

Dibujos (click para ver en grande)








Pues eso... Que este finde cuando no sabía qué hacer, dibujaba... Estos son los esbozos supervivientes a mi perfeccionismo. El primero es la primera clase de mates que dimos, junto con lo que yo quería hacer en ese momento (dormir x3) y con la tabla periódica de una de las mil veces que la escribí ayer. Los otros son la entrada de mi facultad... De mentira, porque no es así, pero no me quedaba mucha tinta tampoco. Mariola, a lápiz he hecho un esbozo rápido de una foto suya, y "Madame", ídem, tras quedarme definitivamente sin tinta en el boli y no poder acabar el dibujo a tinta.

Que.

Que siempre hubo clases y clases, y ninguna reina acabó con un bufón.
Que hubo miradas que me dejaron sin aire, y ni el mejor de los besos duró un eón.
Que me abriga la Luna en vez de tu cama, y en mi corazón creo que siento al tuyo latir.
Que el tiempo continúa su imparable periplo y va dejando su huella en mí.
Que el Sol me hace entrecerrar los ojos, que la lluvia empapa mi ropa y me hace sentir.
Que talvez hay rutas que son mejores, pero fui yo quien eligió mi dirección.
Que el motor del mundo, románticos de la Tierra, es el dinero, y no el amor.

Amargo

Una colilla chafada en un cenicero lleno de cenizas que cuentan una historia. Un trago de whiskey solo y sin hielo, con la única compañía de un camarero anónimo en un bar cualquiera. El humo ascendiendo en la atmósfera recargada del bar, hacia el techo, con formas aleatorias. Su mirada clavada en un punto en el vacío entre su cara y el fondo de su vaso. Las canas que empiezan a rayar de blanco su pelo negro en la nuca y las patillas. El color morado y verdoso del ojeroso marco de sus ojos. La arrugas prematuras que empiezan a notarse junto a sus comisuras.

La más amarga de las sonrisas a medias que alguien esbozó nunca, surca su cara justo antes de que su barbilla tiemble de nuevo y una lágrima ruede insolente del lacrimal hasta el hueso de su mandíbula, por la mejilla. No se lo niega, nunca lo hizo; nunca dejó de doler. Sus largas y finas manos agarran el vaso como si fuese una especie de tabla de salvación. Siendo apenas imperceptible a simple vista, sin embargo, tiembla. Se lleva una mano al cabello, pasando los dedos por su cabeza, y dejándolo así revuelto.

Pese a los puntuales detalles que pudiesen denotar una edad mayor, se nota que es joven aún, se dice el camarero a sí mismo en silencio, mientras le sirve gratis otra copa. Sin apenas mirarlo, levanta su tabla y bebe la salvación de golpe para pasar otra media hora, quizás más, sin desalterar su conciencia. Con unos ojos que le miran sin verlo, se despide del camarero, quien le desea feliz noche y comienza a recoger el bar. Son las 4 y media, y no había más clientes en el establecimiento.

Con paso apesadumbrado y el rumbo distraído, vaga por las calles de su barrio, esperando que por azar o por destino, la suya aparezca tras la siguiente esquina, o tras la de después, o talvez tras la tercera... Mientras, su cerebro parece seguir en su cabeza, pese a haber intentado hacerlo macharse. Se apoya en la puerta de su portal mientras busca con su mano derecha las llaves en el bolsillo. El entrechocar del umbral con la puerta antes de cerrarse le indica que ya está dentro del edificio.

Escalón tras escalón, pie tras pie, llega a su planta, a su puerta y a su cuarto de baño. Sin pensar más se desploma sobre el váter mientras deja que los pantalones caigan al suelo. Apoya su espalda en la cerámica del inodoro y reclina su cabeza hacia atrás, mirando al techo con la boca abierta y los ojos entrecerrados. Se levanta algo después, no sabe cuánto y sus pies le guían, o talvez no, a su cama. Se deja caer en el colchón, quitando las cosas que hay debajo de su cuerpo una vez tumbado. Impulsándose con los codos hacia delante, llega a alcanzar la almohada. Hunde su cara en ella y se deja ir.

Al día siguiente, sólo el sabor amargo en su boca, fruto de la mezcla de la nicotina con el alcohol y de una herida que pese a haber cicatrizado hace tiempo jamás dejó de doler, le devuelven de una hostia a la dura realidad. Sí, hoy también ha salido el Sol.

Rayuela - Julio Cortázar (Fragmento)

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca, y entonces jugamos al cíclope. Nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos. Las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. 

Y que se entere el mundo entero.

Hace mucho tiempo que no sentía algo así, y hace mucho tiempo que no sentía la necesidad de gritar a los 4 vientos que alguien estaba por ahí dando vueltas entre mi cabeza y mi corazón, pero es que esto es más fuerte que yo.

Que te quiero, coño... Que te amo. Que te amo de verdad, con todas las mariconadas habidas y por haber, con los suspiritos, la música moñas, la risita tonta, la cara de boba leyendo mensajes...

Y que se entere el mundo entero, mi vida, que te quiero.

Noches.

Es que hay noches en que te partiría la boca a besos... Noches en que me faltaría tiempo y piel para perderme en tu cuerpo. Noches en que las estrellas más brillantes envidiarían tus ojos al mirarme. Noches en que la melodía silenciosa de tu respiración acelerada es la única banda sonora que deseo escuchar. Noches en que mis brazos se sienten inútiles por no tener tu cuerpo aferrado como les pedí. Noches en que mi calor llama al tuyo, ansioso. Noches en que sería tuya, sin límites. Noches en que quedaríamos tú, yo, y la oscuridad más pura. Noches en que te llevarías mi corazón, que guardé bajo llave, con sólo mirarme a los ojos.

Noches en que tengo ganas de ti.

Decisiones

Todo parece tan asentado ya... La situación tan calma, el futuro próximo previsto, aunque siempre con algún pequeño hueco para la improvisación, por supuesto. Y, de pronto, un segundo, un instante, te cambia la vida por completo.

Y vuelve a llevársete ese ciclón que mezcla euforia, ilusión, nervios, desconcierto, dudas y otras mil cosas más, y que te arrastran con una sonrisa en la boca, y la cabeza bastante más lejos del cuello, buscando todo lo necesario para mudarte en 7 días a otra ciudad, cambiar de universidad, y hacerte a la idea de que en unos días ya comenzarás a ser "independiente".

Y pasan dos días, como es el caso, y sigues sin haberlo asimilado del todo, pero ya están limpias las maletas, esperando tu ropa y tus cosas; y mañana firmas el contrato del piso y entregas la matrícula en la universidad, y en 5 días, o tal vez 4, te mudas.

Y todo eso por un instante sin pensar, en que dejaste que tu corazón decidiese, y no tu cerebro.

No me arrepiento.

Supongo que lo habéis deducido... Pero bueno. El lunes fui a la adjudicación de plazas de la UV, y me cogieron en la carrera que elegí como primera opción en la prematrícula, que yo pensaba que era imposible que me cogieran ahí... Pero la vida es así de sorprendente a veces. La cuestión es que conforme oí mi nombre, salté y grité que ahí estaba, y decidí, casi sin darme cuenta, que me quedaba a vivir en Valencia. Por la tarde busqué piso en Burjassot, y tuve la GRAN suerte de encontrar el piso en el que espero voy a vivir varios años, si no pasa nada. A 2 minutos caminando de la universidad, grande, con 2 baños, con una cocina realmente bien equipada y unas compañeras que parecen muy majas... Sigo sin creerme que me mude el domingo.

Voy a hacer más papeles, que mañana echo la matrícula y me faltan unas cositas aún.

Amor y defectos.

"Todo el mundo tiene defectos, pero si hay un defecto universal es el amor. Una palabra con 4 letras, 2 vocales, y 2 idiotas".
 Doc - Apples.




Ya no falta nada más... Tan solo nosotros dos... Nosotros dos... Nosotros dos...
Tan solo nosotros dos.

Canción: Jorge Drexler - Ganas de ti.